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pausi81

 

Los daños de una tormenta el año 1.934
    

Publicado en el "DIARIO DE SORIA" el 31 de Julio de 1.997 

    Era una tarde de julio

espesa y abochornada

con un calor sofocante

que la ropa traspasaba.

 

    Por la parte de Poniente

unas nubes negri-blancas

por su forma de moverse

nada bueno presagiaban.

 

    Los vencejos vuelan rasos

moviendo sus anchas alas

y también el gorrión macho

con su negrita corbata,

el cobijo sin descanso

busca entre tejas y bardas

porque el natural instinto

la tormenta barruntaba.

 

    En la torre la cigüeña

"el ajo" ya no machaca,

los garabatos asoma

y divisa en lontananza

el vendaval que se acerca

que aumenta al tiempo que arrastra

a su paso dando vueltas,

nubes apelotonadas.

 

    Un murmullo como sordo

que por momentos avanza

lo viene arrasando todo

pastizales y labranza,

como una mano invisible

que no respetara nada

a semejante de Godos

o de Atila y sus mesnadas.

 

    El trueno con su retumbe,

como tambor en batalla

desde lo llano a la cumbre

en los oídos restalla

haciendo pensar al hombre

de dónde esa fuerza saca.

    El cielo está ennegrecido,

la oscuridad se agiganta,

empieza a caer granizo

que repica en las ventanas.

 

    Cubierto se encuentra el suelo

con la triste capa blanca

sigue cayendo y cayendo

todo a su paso lo arrasa;

el labrador, detenerlo

quisiera con la mirada.

 

    Está el campesino viendo

como cae la pedrada,

piensa en su campo preñado

con las espigas doradas

de rubios granos que eran

la esperanza del mañana.

 

    Ya disminuye la piedra

en su lugar, llega el agua

el capo, pronto se anega;

los arroyos se desmadran

y rugiendo como fiera

por chancales y barrancas

el "nublado" ya se aleja

hacia las altas montañas.

 

    Atrás, deja la miseria

de la gente que trabaja

todo el año con la yunta

después de siembra y escarda,

porque una nube hechicera

se presentó sin llamarla

 

    Así es la vida del campo:

dura, penosa e ingrata

mirando siempre hacia el cielo

esperando la bonanza

y aguantando todo el año

como piedra bien templada

uncido siempre el arado

con frío, calor o escarcha.

Un bendito campesino y unos jóvenes de aúpa

    En el pueblo de Muñecas

pedáneo Santa María

ocurrió esta fina historia

entre tristezas y risas.

 

    Allá por los años treinta

pocas noticias había

y al pueblo las que llegaban

casi siempre eran tardías.

 

    El cura don Telesforo

del pueblo Santa María

una radio se compró

que entonces era primicia.

 

   ¡Vaya antena que instaló!

más de cien metros tenía:

de lo alto de la torre

a su casa, fue tendida.

 

    Parece que la estoy viendo:

más maroma parecía

aunque el viento la azotara

ella bien lo resistía.

 

    Mucho dinero gastó

según el cura decía

que toda era de cobre,

metal que más retenía.

 

    Las hercianas que pasaban

para formar sintonía

con la radio que en su casa

manejaba con codicia.

 

    El 22 de diciembre

se rifa la lotería

lo mismo entonces que ahora

las ondas la transmitían.

 

    Desde el pueblo deMuñecas

suben a Santa María:

el Manuelón y el Calonges,

nadie sabe a qué vendrían.

 

    Lo que se supo luego

que tenían una lista

con los números premiados en ese famoso día

 

    En la taberna el Peluca

la copita consabida

echan como de costumbre,

comentando lo del día.

 

    Hablaban y comentaban

de precios y mercancías

a cómo en Salas o en Huerta

las pieles se pagarían.

    Así pasaban el rato

en paz y buena armonía

hasta que el Calonges dijo

y echa el arranque chiquita

 

    La hija del tío Peluca

con paciencia les servía

llegaron hasta cantar

las tonadas que sabían.

 

    Pagan la cuenta y se marchan

ellos no tienen gran prisa

aunque la mujer les tiene

preparada la comida.

 

    Cuando salen a la calle

el sol en lo alto brilla

hay nieve por los tejados

y el "cierzo" corre que pita.

 

    Después de pasar la Dehesa

llegan a las Canadillas

iban charlando y hablando

sobre todo de la rifa.

 

    Los números del Fermín

los saben de carrerilla

los dos concuerdan la broma

mientras se parten de risa.

 

    Y sin pensarlo dos veces

los colocan en la lista

en el número primero

que al gordo correspondía.

 

    Cuando llegan a Muñecas

a la taberna caminan

allí estaba el tío Fermín

los Filones y Boquitas.

 

    Y después de saludar

a todos los que allí había

se arriman al mostrador

piden les sirvan bebida.

 

    Les acercan el porrón

que pingan con maestría

de aquel vino peleón

que compran en Alcubilla.

 

    Mientras en la calle el cierzo

hace la tarde muy fría

el dueño de la taberna

a la cocina la atiza.

 

 

    Sale la conversación

lo que hay por Santa María

y si ellos sabían algo

de los premios de la rifa.

 

    El Calonges muy ufano

de entre la faja metida

saca pronto unos papeles

que les enseña enseguida.

 

    Al mirarlo el tío Fermín

los ojos se le encandilan

con el papel en la mano

marcha a su casa deprisa.

 

    y sube las escaleras

parece que no las pisa

pronto llega donde están

los números de la rifa.

 

    Lo coge como con miedo

pensando no coincidan

pero cuando cotejados

los mira y los remira,

tan convencido quedó

de que "el Gordo" allí tenía.

 

    Con las voces de rigor

como el caso requería

llega donde está el puchero

que en la lumbre se cocían

unas alubias bien viudas

sin chorizo ni morcillas.

 

    Sin mirar si le quemaba

por la ventana le tira

y le dice a su mujer:

_"¡Vete a por carne, Chiquita!

desde hoy, ¡Fuera pucheros!

¡Sólo sartén y parrillas!

 

    Luego llega a la taberna

anunciando la primicia

allí se encuentra a los compinches

con disimulada risa.

 

    No sé porqué no le gusta

lo que su mente adivina

y se acuerda del puchero

con las alubias cocidas.

 

    Cuando todo se descubre

de la broma consabida

dice que le está muy bien;

que la tiene merecida;

por creer como un bendito

en semejante cuadrilla.

El Timo de la estampita

Donde se narra un suceso que demuestra cómo "el timo de la estampita" se practicaba antiguamente en las ferias. 

      San Esteban de Gormaz

es un pueblo ribereño

con una vega feraz

que la baña el río Duero.

 

      El día once de Noviembre

desde inmemoriales tiempos

se celebra allí una feria

antes que llegue el invierno.

 

      Tratantes de blusas negras

y cachavita de fresno

afluyen de sus contornos

y también desde muy lejos.

 

      Tres días dura la feria;

lleno de gente está el pueblo,

unos con buena intención

otros emplean su ingenio

por ver si pueden hacerse,

con engaños, de lo ajeno.

 

      El Marianito, una vaca

lleva a cambiar por dinero

y después comprar un burro,

aunque no sea muy bueno,

para el transporte de leña

en los meses venideros.

 

      Los que tienen que vender

algún animal por viejo,

la noche anterior se juntan

y deciden al momento

quién arreará las reses

y cómo llevar el "pienso".

 

      La madre del Marianito

le preparó con cautela

una como carterita

atada con unas cuerdas

que rodeada a su cuello

comprobada y bien sujeta

debía llevarla siempre

como su fiel compañera

para meter los billetes

cuando la vaca vendiera.

 

      Al salir por la mañana,

en el umbral de la puerta

le dijo: "¡Hijo mío, no te fíes

ni de tu misma chaqueta.

 

      El Marianito contento,

como si fuera a una fiesta

silbando una cancioncilla,

camina entre los que arrean.

 

      Otros, van en sus caballos

llevando la impedimenta

para pasar esos días

que siempre dura la feria.

 

      Llevan mantas y comida

en pucheros y cazuelas

para arroparsen y comer

como buenamente puedan.

 

      No hay posada para todos,

imposible que así sea

ya que el pueblo es muy pequeño

para la gente que llega.

 

      Sobre las doce del día

arribaron a la feria

unos, quedan con las reses

otros, al pueblo se llegan

a buscar alojamiento

porque las noches son frescas.

 

      Han encontrado un casillo

donde guardan ovejas

y conciertan con el dueño

con regateos y quejas

cuánto costará la estancia

los tres días de la feria.

 

      Mientras tanto en el ferial

un tratante de Vinuesa,

al Marianito, la vaca

le compra y le da las "perras".

Y sin pérdida de tiempo

las mete en la bolsa aquella

que su madre preparó

para evitar que las pierda.

 

      Mirando comprar el burro

va por allí dando vueltas

no le ha gustado ninguno

y se dice al fin de cuentas,

que se marcha por el pueblo

a buscar la impedimenta.

 

      En una calle estrechita

de las que abundan por fuera

a un señor que va delante

se le cae una cartera;

presuroso el Marianito

se agacha al suelo a cogerla;

otro que viene detrás,

le chista con gran cautela

diciendo no diga nada,

con aspavientos y señas.

 

      Quieto queda el Marianito

mientras el otro se acerca

y le dice muy bajito:

"-Esta cartera es bien nuestra-"

      "-¿Tiene mucho?-"

      "-¡Déjeme que pueda verla!-"

y el bueno del Marianito

por las buenas se la entrega.

      "-¡Cuántos billetes!... ¿Los ves?

 (parece se los enseña)

      "- toma, toma, guárdela

esto es una gran riqueza -"

 

      Como autómata obedece

y en el bolso la chaqueta

la guarda con gran cuidado

como si sagrada fuera.

 

      El "listo", sigue diciendo:

      -" ¡Vámonos a aquellas huertas,

nada hay que decir a nadie,

lo repartimos a medias! "-

 

      En un tobogán sin fondo

el Marianito se encuentra,

no habla ni una palabra,

sólo en la cartera piensa.

 

      Iban andando en silencio

por las estrechas callejas

hasta que el "listo" se para,

se echa mano a la cabeza

como si algo se olvidara

o que entonces se recuerda

de alguna cosa importante

que tiene que ir por fuerza.

 

      -" ¡Qué tonto soy!.

no me acordaba siquiera

que un gran amigo de Soria

me está esperando en la feria...

 

     Yo me tengo que marchar;

es un acto de conciencia.

Lo podemos arreglar

de la siguiente manera:

Deme el dinero que lleve

y yo le doy mi tarjeta

y después que bien lo cuente

lo que hay en la cartera,

esta noche echamos cuentas

donde ponen estas señas"-

 

      -" Llevo poco" -

      -"¿Cuánto?"

      -"Tres mil doscientas pesetas"-

      -"¡Es igual! ¡démelas!

no se preocupe por ellas

que en la cartera que tiene

hay muchísimas como éstas!" -

 

      El Marianito asustado

obedece con presteza,

llevando la mano al cuello

tarde de encontrar la cuerda.

por fin, medio suspirando

saca la bolsita afuera,

echa mano a los billetes

y con cara lastimera,

mirándolos embobado

al truhán se los entrega.

 

      Antes de marcharse éste

una vez más recomienda:

      -"¡Cuénte Vd. bien los billetes

y después, cuando anochezca

se viene a la "Fonda Ruiz"

y me da la diferencia.

                   - III -

      Mientras el otro se marcha

le despide con la mano,

se acuerda de los billetes

que con él se va llevando.

 

      Al principio, caminaba;

más tarde, aligera el paso;

después, se pone a correr

y al final, como volando.

 

      No le gusta al Marianito

con la prisa que ha marchado

pero para él se dice:

      -"¡Qué hombre más confiado!

Sin conocerme ni nada

el dinero que ha dejado

en la abultada cartera

para después de contarlo

le lleve la diferencia

a las señas que me ha dado"-

 

      Queda solo el Marianito

a la cartera palpando:

-"¡Pues sí, la llevo;

voy allá abajo a contarlo"-

 

      Pero malos pensamientos

a su mente van llegando

que aumentan con persistencia

al tiempo que va pasando.

 

      Un sudor frío en la tarde

parece que está anunciando

que es imposible que pase

lo que a él le está pasando.

 

      No puede seguir más tiempo

a la duda soportando

y a la puerta de un casillo

que se encuentra abandonado

se pone a abrir la cartera,

por si lo que piensa es falso.

  No cree lo que está viendo

y febrilmente mirando

no encuentra más que papeles

que se hallan colocados

como si fueran billetes

salidos del mejor banco.

 

      Imposible describir

el momento de aquel cuadro:

le están temblando las piernas

y le tiritan las manos,

al mismo tiempo que busca

con ligereza de gamo

entre todos los papeles

algún billete olvidado.

 

      -"¡ Nada ! ¡Todo es inútil !"-

dice como sollozando;

y buscando la tarjeta

veloz como el mismo rayo

ha cambiado en un momento

y por su mente ha pasado

que sus queridos billetes

pueden ser recuperados.

 

      Recogidos los papeles

y la cartera guardando

el camino le desanda

con la tarjeta en la mano.

 

      Mira en las calles que pasa

como aquel que está buscando

su tesoro más querido

por ver si puede encontrarlo

 

      A un señor que por la calle

en sus casas va pensando

le pregunta presuroso

por la fonda "Ruiz Encabo".

 

      Amable y correcto el otro

con la mano ha señalado

al mismo tiempo que dice:

   -"Tuerza a la izquierda y al lado

se encontrará con la fonda

por la cual me ha preguntado"-

 

      El Marianito se marcha

corriendo, casi volando,

tanta prisa es la que lleva

que ni las gracias le ha dado.

 

      Llega a la fonda y remira

como aquél que está oteando

por ver si entre aquellos hombres

está el sujeto buscado.

 

      Se abre paso entre la gente

y hasta la barra ha llegado

y pregunta a un camarero

por el señor Ruiz Encabo.

 

      -"Soy el mismo. ¿Qué desea?"

      -"Vengo a este señor buscando,

ya que pone en la tarjeta

que aquí se halla hospedado"-

 

      Mientras el fondista está

a la tarjeta mirando

la cabeza va moviendo

ora a un lado, ora a otro lado

como queriendo decir

que todo aquello es falso.

 

      Por fin, se decide a hablar

al Marianito mirando

y le dice sin ambages

que el señor que va buscando

en su vida no le ha visto

y menos allí hospedado.

 

      ¡Qué sudores! ¡Qué suspiros

por doquier le van llegando!

Y no tiene más remedio,

aunque sea sólo un rato,

apoyarse en la baranda

totalmente mareado.

 

      Y la mujer del fondista

que todo lo está escuchando,

para que se reanime,

un vaso de agua le ha dado

y acercándose le dice:

     -"¡Díganos lo que ha pasado!"-

 

      Lo que pasó aquella tarde

a los dos va relatando

parecía un alma en pena

de ésas que tanto se ha hablado.

 

      Se encontraba el Marianito

muy triste y desconsolado

y entre suspiro y suspiro

cuenta todo sin reparo.

 

      El fondista y su mujer

después que le han escuchado

piensan los dos en lo mismo

y dicen que le ha timado.

 

      Nunca tal palabra oyó,

ni trató de averiguarlo;

le han quitado los billetes

y el hecho está consumado.

                   - IV -

      Y con un sencillo "¡Adiós!"

a los fondistas les deja

con sus pasos vacilantes

va por las calles estrechas

sin saber adonde ir

sólo en los billetes piensa.

 

      -"Con los del pueblo, ¡ni hablar!

¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza!

¡Me voy por esos barancos 

a donde nadie me vea!"-

 

      La noche se le echó encima

con la luna casi llena,

parecía que corría

entre nubes cenicientas.

 

      Y por la parte del norte

el cierzo sopla con fuerza;

ese viento del Urbión

que en las casas nos congrega

alrededor de una lumbre

con una fogata buena.

 

      A un montecillo llegó

el Marianito sin fuerzas

y al arrimo de un enebro

se pasó la noche en vela.

 

      El montón de pensamientos

que la  cabeza genera

bastaban para escribir

una bien triste historieta.

 

      Sólo pensar en su madre

cuando todo lo suopiera

era para desear

que le tragara la tierra.

 

      Ella, que antes de salir

le preparó con cautela

la bolsita atada al cuello

advirtiéndole con fuerza

que no la soltara nunca 

aunque la vida perdiera.

 

      Con el primer resplandor

anunciando el sol que llega,

se levantó soñoliento

y entumecidas las piernas.

 

      Empezó a andar sin saber

dónde sus pasos le llevan,

al mismo tiempo que iba

apretando la chaqueta

ateridito de frío

los dientes le castañean.

 

      Un buen rato caminó,

se puede decir que a ciegas,

pero no se equivocó

porque la leal querencia

le tiraba hacia su pueblo

aunque él no lo quisiera.

 

      Así llegó a la tenada

que la llaman de la "Onseca";

se escondía de la gente,

no quería que le vieran.

 

      Pronto preparó una cama

con hierbas y ramas secas

y haciéndose un ovillito

se pasó las horas muertas;

sin comer y sin beber

deseando se muriera.

                  - V -

      Ya se terminó la feria

ya todos vuelven a cas

nadie ha visto al Marianito

desde el día de llegada.

 

      El fardel con la comida

y la arrebujada manta

se lo entregan a su madre,

al tiempo que comentaban

que la vaca la vendió

misma tarde de llegada.

 

      Mil conjeturas se hacía

la gente toda asustada

cada uno a su manera

en lo más malo pensaban.

 

      unos, muerte repentina

otros, marchado de casa

el de más allá, que ahogado

o caído en una zanja,

y algunos más entendidos

hasta de secuestro hablaban.

 

      La noticia se extendió

por toda aquella comarca

y una batida se dio

por ver si se le encontraba.

 

      Por fin, llega la vanguardia

a revisar las tenadas,

los pastores le encontraron;

lamentable era su facha.

 

      Sin comer y sin beber

tres días así llevaba,

le montaron en un burro

y con él fueron a casa.

     Junto al amor de la lumbre

presente su madre estaba,

contó lo mejor que pudo

esta historia pre-citada.

              FIN

Lo que un día sucedió

Donde se da cuenta del robo con homicidio en la persona de Pedro Muñoz de 74 años de edad el día 13 de Noviembre de 1.882, a manos de Eugenio Olalla y siete más, en Santa María de las Hoyas (Soria)

  De labrador a minero

                 - I -

      A las minas de Bilbao

Eugenio Olalla marchó

después de estar de criado

en casa Pedro Muñoz.

 

     Dicen que no se avenía

a ser simple labrador

y aquello de obedecer

detestaba con furor.

 

     Se sabía por doquier

y no faltó quien habló

que algún disgusto tuvieron

entre criado y señor.

 

      El Olalla vengativo

una vez y otra pensó

abandonar el terruño

y buscar vida mejor.

 

     Un día estando en la siembra

la cuenta a Pedro pidió

y éste, cuando llegó a casa

se la dio sin dilación.

 

     sin despedirse siquiera

ni con un sencillo Adiós,

cogió el jornal y se fue;

quién sabe lo que pensó.

 

     Tenía el Eugenio un tío

con él se confabuló

para cometer el robo

en la primera ocasión.

        -----oooOooo-----

         El reclutamiento

                  - II -

     Eugenio Olalla en la mina

siete hombres reclutó

para ir a Santa María

y allí robar a un señor.

 

     A cada uno de ellos

diez mil duros prometió

y a aquellos que mal vivian

muy pronto les convenció.

 

     De orzas con monedas de oro

más de una vez les habló

que enterradas o escondidas

en la cuadra, en un rincón,

se decía por el pueblo

tenía Pedro Muñoz.

 

     Les repetía la historia

sin saber quién la inventó

que en tiempos de los Carlistas

un señor se presentó

con una carga de oro

y que allí la descargó.

 

     Ante estas perspectivas

y con esta descripción

no tardaron mucho tiempo

en ponerse en acción

         -----oooOooo-----

          El viaje

           - III -

El día ocho de Noviembre

en Bilbao cogen el tren

y se bajaron en Burgos

cuando iba a anochecer.

 

     Andaron toda la noche

por caminos mal que bien,

rehuyendo de los pueblos,

no querían darse a ver.

 

     así llegaron a Salas

cuando el sol iba a nacer,

metiéronse en un pajar

a descansar y comer.

 

     Emprendieron el camino

cuando la estrella se ve,

guiados por El Eugenio

entre pinos por doquier.

 

     Testigos de aquella marcha

por senderos de lebrel

fue: una luna cenicienta,

el zorro, el gato montés

y el cárabo con sus gritos

decía una y otra vez:

"Volveros atrás malvados

lo que pensáis, no está bien.

 

     Entre brozas y pizorras

alguno se dio un traspiés

maldiciendo y perjurando

pronto se une al tropel.

 

     A las cinco la mañana

día once, mismo mes

llegan a Santa María

sin ruido alguno meter.

       -----oooOooo-----

 

 Escondidos

             - IV -

      El tío de Eugenio estaba

esperando ya unos días

por eso la puerta abierta

aquella noche tenía

 

    Se metieron sin llamar

porque el Olalla sabía

dónde estaba la escalera

que al pajar les llevaría.

 

     Dos noches allí pasaron

equivalente a tres días,

no salían del pajar

sólo el tío lo sabía.

   Así llegó el día trece

con su tarde parda y fría

eran las diez y ocho horas

cuando los ocho salían

para cometer el robo

que mucho ruido traería.

          -----oooOooo-----

         El robo

           - V -

     Toda la gente del pueblo

en la iglesia se encontraba

porque en el mes de Noviembre

a las ánimas rezaba.

 

     Los viejos y los enfermos

en sus casas se quedaba,

los demás, todos, sin falta

al rosario se marchaban.

 

     Esto lo sabe El Eugenio

que no se le escapa nada

y manda a Ramón Méndez

con otro más de la banda

que se vayan a la iglesia

cierren la puerta con tranca

para que no salga nadie

aunque toquen las campanas.

 

     Los vecinos que rezando

como otras tardes se hallaban

se encontraron encerrados

nadie sabía la causa.

 

     Mientras tanto los seis más

se acercaban a la casa

de Pedro Muñoz

que no lejos de allí estaba.

 

     Setenta y cuatro años tenía

y Don Pedro le llamaban;

hombre honrado y justiciero,

las crónicas lo relatan

también dicen que hacendado,

dentro de aquella comarca.

 

     Ya se acercan a la puerta

el ventanillo, allí estaba

sin cerrar, y por él,

la mano quita la tranca.

 

     Tranquilos sus moradores

en la cocina se hallaban

la mujer de Pedro,

que Brígida se llamaba,

auxilio quiere pedir

al ver la gente que entraba

y no la dejan salir

lo mismo que a la criada.

 

     Miguel garcía Carrasco

uno de los de la banda

al portal le saca a Pedro,

pronto las manos le ata.

 

     Durante más de una hora

bien registraron la casa,

se apoderaron de todo

lo que de valor hallaban.

 

     Les pareció el botín poco

e incesante preguntaban

amenazando y pegando

como gente desalmada;

ellos, querían saber

de forma rotunda y clara

dónde se hallaban las orzas

que tenían enterradas

con las monedas de oro

que tanto la gente hablaba.

 

    Al no hallar la respuesta

a lo que ellos deseaban,

uno de los asaltantes

en la cabeza pegaba

a Pedro Muñoz, que quieto,

ya sangraba por la cara.

 

     El Galilea se opuso, 

"que a nadie se maltratara,

habían venido a robar

y una vez hecho, marcharan"

 

 

Lo decía en alta voz

porque entonces El Olalla

salía "hecho una fiera"

por la puerta de la cuadra

con la pistola en la mano

y al momento descargaba

en la cabeza de Pedro,

un golpe con la culata.

 

    -- "¿Tú también ?

¡ Ay, Olalla !

¡ Cuánto te hice de bien

y de esta forma me pagas !"-

(El riado que fue antaño

al amo hoy le pegaba.

 

   Una y otra vez pregunta

dónde las orzas se hallan

y al no recibir respuesta

tres tiros le disparaba.

 

     Uno, le dio en la cabeza

los otros dos en la espalda.

Pedro murió a los dos días

sin decir una palabra.

 

     Las dos mujeres llorando

las tenían encerradas

dentro de una habitación

a éstas también preguntaban

dónde las orzas con oro

las tenían enterradas.

 

    Nada podían decir

tampoco sabían nada

y cuando oyeron los tior

en lo más malo pensaban.

 

     El crimen han cometido,

ya de la casa se marchan

llevándose lo robado:

dinero, objetos y alhajas.

       -----oooOooo-----

       La huida

         - VI -

     Al salir por el Majano

las pistolas disparaban,

nadie osó perseguirlos

por temor a una matanza.

 

     Por el Portillo Vicente

y Sierra de Hontoria marchan;

se encontraban en Duruelo

al despuntar la mañana.

 

     Cansados y soñolientos

con la cabeza embotada

entre pinos centenarios

y peñas aborrascadas

hacia donde nace el Duero

levantiscos coaminaba,

maldiciendo sin cesar

al cabecilla de Olalla

por haberlos embarcado

en lo que nadie esperaba

 

     -"¿ Dónde están los diez mil duros

que a cada uno nos dabas ?"-

Ësto era lo que decían

y razón no les faltaba.

 

     Además de no cumplir

la ya, palabra empeñada

deja un crimen horrendo

atrás, sobre sus espaldas;

que, aunque era gente bruta

descreída y borracha,

remordíales la conciencia

cuando lúcidos se hallaban.

 

     Llegaron a Santa Inés

que es un puerto de montaña,

cuando entre nubes plomizas

de vez en cuando brillaba una luna entre los pinos

ajena a lo que pasaba.

 

    Compran comida en el pueblo,

el vino, no le faltaba

y después de hartos de todo

en un pajar se tumbaban,

tranquilos y confiados

sin pensar que les buscaban.

 

     A pierna suelta dormían

cuando llegaron los Guardias; resistencia, no ofrecieron

que soñolientos estaban;

de su asombro no salían

y creían que soñaban.

Nunca lo hubieran pensado

tan pronto les encontraran.

 

     Cacheados a conciencia,

visto encima de una manta

no llegaba a dos mil duros,

cinco revólveres, seis navajas,

relojes, pistolas...

era todo que llevaban.

                  FIN

           CONTINUARÁ....

Gerona, Marzo de 1988