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EJERCIENDO EL CONTRABANDO

LOS MESES DE VERANO EN  LA FRONTERA FRANCESA ESTANDO RECIÉN CASADO, AÑO 54

 Para leer la parte anterior hacer clic aquí

 

  Volviendo al hilo del café que había dejado en la página anterior,  aquella noche cené y pernocté  en la pensión en la que estaban mis compañeros, al otro día y en el tren de la mañana regresé a Gerona y lo primero que hice fue vender los dos kilos de café, en mismo lugar que lo compraban los meses anteriores.

 

  Acto seguido me fui a mi casa donde ya mi mujer tenía preparado casi todo en las maletas: sábanas, ropa interior y exterior, todo esto con el fin de marchar a Port-Bou  en el tren de la tarde.

 

  Después de comer, nos despedimos de los que nos habían realquilado la habitación, y como para ir a la estación habíamos de pasar  por la puerta de la que había sido mi patrona, tan contenta de vernos de nuevo, y mucho más al saber que íbamos a Port-Bou para dos meses y sobre todo porque habíamos encontrado vivienda; después de la despedida mandó a un aprendiz que tenía su hijo carpintero, con un carrito que nos llevara las maletas a la estación, nos sirvió de alivio y la dimos las gracias

 

   Llegado el tren que  nos había de conducir a nuestro destino sin  apretujas de ninguna clase, nos sentamos cómodamente después de colocar las maletas en su  lugar correspondiente, con un vistazo al vagón  se veían los asientos medio vacíos y era que la gente en aquella época no tenía tiempo para dedicarse al ocio.

 

  Al interventor del tren,  le conocía de otras veces, le presenté a mi mujer, ya sabía que se había hecho el relevo del Destacamento, al  despedirnos, quedamos en vernos.

 

  Bajar del tren en  Port-Bou, presentar a mi mujer algunos compañeros, y seguidamente a la casa que había alquilado, que tenia una cosa importante, que estaba cerca de la estación.

 

  Una vez vista la vivienda, a mi mujer le pareció bien la situación y el lugar que ocupaba con relación al pueblo. También tenía un pequeño jardín.

 

  Por la tarde  después de comer en la pensión, nos fuimos de compras a un almacén de ultramarinos que se hallaba no muy lejos de la casa, con el fin de hacernos con algunas cosas de comer y de limpieza, sobre todo lo más urgente por el momento. Dio la casualidad que en el mismo almacén, estaba la mujer de un compañero que de soltera había sido azafata de los trenes pullmam y por lo tanto conocía el pequeño contrabando de la frontera como su propia casa. Se hizo la presentación por el nombre de cada una y seguidamente la presentada por sí misma dijo llamarse Rosario. Ellas empezaron la conversación como si se hubieran conocido siempre. El marido de Rosario muy conocido en Port-Bou ya que tenían allí su residencia  y se le conocía por “Altabás”.

 

  Se alegró mucho al decirle que habíamos alquilado aquel chalet .

 

  Yo al otro día yo tenía servicio en la estación y quedamos que a las 10 horas  nos veríamos allí los tres, más que otra cosa para que el Sr. Comisario  le diera a mi mujer los pases para ir a Francia.

 

 

  A la hora convenida  nos encontramos  en la estación, después de darnos los buenos  días, fuimos directamente a la oficina del Jefe de Policía, a mí ya me conocía de otras veces, así que una vez que le presente a mi esposa y que yo venía al destacamento por dos meses, se imaginó a lo que veníamos y sin más trámites sacó una libreta de pases fronterizos, preguntó a mi Sra. nombre, apellidos y fecha de nacimiento y antes de entregárselos, puso en la parte inferior “ esposa de Policía “.

 

  Nos despedimos dándonos la mano al mismo tiempo que le expresábamos nuestro agradecimiento por la concesión de los ya mencionados pases fronterizos 

 

 Como el marido de Rosario se hallaba de servicio en la “aduanilla” y yo en la estación, las mujeres quedaron en versen a la cuatro de la tarde en la casa de dicha Sra, y que la enseñaría algunos trucos sobre el contrabando que durante el tiempo que estaría allí, la servirían de utilidad.

 

   Cuando me relevaron del servicio junto con mi mujer fuimos a comer a la pensión, una vez terminado el  yantar que serían las cuatro de la tarde, yo  regresé a la estación  y mi esposa a casa de Rosario que se hallaba dos manzanas más abajo.  Por la tarde en el tren Pullman que llega hasta Cerveré, yo de servicio, hube de recorrer todos los vagones por si alguno se había quedado dormido u otra contingencia cualquiera, seguidamente me llegué al pueblo francés  a por dos kilos de café, que al regresar les dejé junto con los de los compañeros que también  habían  ido a lo mismo, en el cuarto que la  aduana nos había habilitado para tal fin  y como estábamos en condumio con los ferroviarios, a la mañana siguiente ellos se hacían cargo de la mercancía para transportarla a Barcelona o sabe Dios a donde. Hay que tener en cuenta que por aquellas fechas en España el café, café era muy difícil de encontrar y en su lugar se servía la achicoria o sucedáneos.

  

  Una vez que llegué a casa después de todo lo que antecede, lo primero que hizo mi mujer, fue subiese  las faldas, dejado a la vista uno así como delantal que al llegar  al principio de la ingle  abrazaba los dos muslos por separado sin llegar a la rodilla, lo curioso del caso  es que había cosidos  a la tela que rodeaba el muslo  tres celdillas en cada uno, colocadas de tal forma, que al meter los paquetes de café  no impidiera el andar ni se notara nada debajo de la falda, dichas celdillas estaban hechas  a la medida para meter un paquete de un cuarto kilo, que eran lo que pesaban dichos paquetes totalmente redondos y herméticamente cerrados.

 

   Concertada la hora entre ambas para el día siguiente, con el fin de comprar en el almacén de ultramarinos  lo que habían  de llevar  aquella mañana a Francia y estando preparada ya mi mujer con todos los atalajes, se marcharon diciendo que volverían  hasta las dos de la tarde, ya que  el tren de vuelta a la estación de Port-Bou llegaba sobre dicha hora.  El género que llevaron  dice que se lo compraron  nada más llegar y con ese dinero  pagaron el café que tenían que traer para España.

 

    Muy contenta llegó mi mujer a la hora prevista, diciendo que aunque con bastante miedo, había pasado la mañana muy divertida;  yo me hallaba bien tranquilo porque sabía que había llevado buena maestra, ya que conocía el tinglado de la frontera a las mil maravillas.

 

    Al principio mi mujer estaba con reparo pensando que tenía que pasar por dos aduanas y sobre todo por lo que llevaba debajo de la falda, la compañera la dio tantos ánimos, que una vez realizado el primer viaje, se la quitó el miedo y solamente pensaba en volver a las andadas, ya que a las mujeres de los Policías, tenían permitido dos días en semana, según  figuraba en la lista de los pases que la había dado el Jefe de la Policía.

 

    Todos los compañeros que hacíamos el relevo en los destacamentos de la frontera  , nos habíamos proveído de una pequeña maleta  hecha a la medida para la capacidad de  ocho paquetes  de café puestos en sentido vertical y con dos escalones, echa de piel de becerro y cuando estaba vacía, se podía doblar.

 

     Por aquel tiempo empezaron a llegar los bolígrafos que en España por lo menos de esa clase no se conocían, lo mismo que ciertos pañuelos de seda, por tal motivo , sobre todo para los primeros se hubo que cambiar de táctica , y buscar  y medio más idóneo  para su trasvase sin llamar mucho la atención. La dicha maleta  anunciada anteriormente

que yo la bauticé con el nombre de JAQUERA en  honor a una marca de café que se llamaba Jac;  sin ninguna reparación,  se buscó un medio de que los paquetes de café en vez de ponerlos verticales, empleando el ingenio, se podían poner también  horizontales.

 

   Los bolígrafos era un poco más complicado el cambiarles de frontera, pero nosotros teníamos muchos  y variados recursos para tal fin, en el espacio que ocupaban en el sentido horizontal  los cuatro primeros paquetes de café, con un poco de astucia se podían colocar  doscientos bolígrafos, para nosotros el punto de venta de esta mercancía  se  hallaba en Gerona, donde sin muchos inconvenientes se podía doblar el capital.

 

  Mi mujer seguía tan contenta con los trueques, con la circunstancia que todo el café que traía lo compraba uno del pueblo.

 

  Así se iban  pasando los días, mi mujer encantada por lo fácil que lo veía una vez realizados los primeros viajes, lo malo es que muchas veces, según se ganaba el dinero, se gastaba, la mayor parte de los días comíamos fuera, pensando que al otro día lo recuperaríamos con creces.

 

  El mes de Julio tocaba a fin y el relevo llegaría  el primer día del mes entrante, por lo tanto teníamos que irnos preparando para dejar el campo libre al próximo destacamento, que es de suponer que seguirían los mismos senderos que  habíamos andado nosotros.

 

  Una vez hecho el relevo, recogido todo lo que teníamos en sendas maletas, llamé al dueño del chalet para que viera como quedaba, le entregué las llaves al mismo  tiempo que le pagaba, le daba las gracias por lo  bien  que habíamos estado, despedidos de “Altabás” y Sra., y con una maleta mi mujer y otra el que escribe esto, nos llegamos a la estación que la teníamos muy cerca, allí, ya se hallaban los compañeros que habíamos de regresar a Gerona, esperamos  al tren un momento para que se colocara en el anden correspondiente, subimos el equipaje, una vez puesto el tren en marcha, nos despedimos con la mano en alto de todos los que quedaban, y sin la menor novedad llegamos  al mismo punto que habíamos dejado los dos meses anteriores.

 

  Una vez en la estación de Gerona solicitando los servicios de un carrito de los que allí había (los taxis  si había alguno no se veían por la estación),  y sin más trámites una vez despedidos de los compañeros, colocamos las maletas y alguna cosa más de las que traíamos en el mencionado carrito y seguidamente le dije al conductor que había que ir a la calle Portal Nuevo a la habitación que teníamos realquilada.

Autor: Pausilipo Oteo Gómez

Escrito en Gerona, Febrero del 2.004... a los 50 años de casado.