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NUESTRO ACOMODO EN GERONA LOS PRIMEROS MESES DE CASADOS

    En aquellos tiempos era muy difícil  encontrar una casa para alquilar, ni con dinero ni sin dinero, yo ya tenía apalabrada hacía algún tiempo con un compañero llamado Alfonso que me realquilaría una habitación con  derecho a cocina, antes de llevar lo más necesario, fuimos a verla mi mujer y yo, la Sra. Angelita  mujer de Alfonso, nos enseñó toda la casa, la habitación que señaló para nosotros era espaciosa, con techos muy altos y una ventana  grande en sentido vertical.

    La casa tenía un jardín  mucho más largo que ancho y por la parte de atrás, limitaba con la Muralla y muy cerca del convento de los Dominicos, que hoy es donde está la Universidad. Dentro de dicho jardín se hallaban algunos árboles frutales, y en la parte posterior adosada a la Muralla se encontraba un cobertizo en bastante buenas condiciones, se conoce que anteriormente había sido ocupado por alguna clase de animales.  La dirección de la casa estaba dirigida de  Este  a Oeste y la puerta de entrada estaba situada a Poniente y tenía la salida a la calle Portal Nuevo; a la habitación destinada para nosotros, la daba el sol toda la tarde, pero aún así y todo,  por las noches hacía mucho frío, como la habitación estaba exenta de muebles,  se hubo de comprar: una cama, una mesilla y un  armario y mantas,  las sábanas  estaban el  baúl, mesa la que nos hizo el carpintero hijo de mi patrona, todo esto sin olvidarnos de un hornillo que se alimentaba de petróleo, para cocinar, con sus correspondientes sartenes, pucheros y demás zarandajas, sin olvidarnos del brasero,  carbón vegetal  y cisco para encenderle. Lo encendíamos por la tarde durante todo el invierno y por la noche, no fuera que no intoxicáramos lo sacábamos al comedor que estaba lindante con la habitación.

   Yo seguía haciendo y poniendo en orden las filiaciones de los policías, mi mujer después de arreglar la habitación por la mañana, tenía que ir todos los días a la compra, porque como no había en aquella fecha ninguna clase de electrodomésticos era indispensable hacer la compra cada día de las cosas de comer, ya que pocas eran las que se podían guardar de un día para otro.

   Como yo seguía  teniendo todas  las tardes libres, algunos días íbamos al cine, que en algunos mi mujer también pasaba gratis, otros días dábamos paseos por la ciudad enseñándola  las cosas más importantes, y los domingos al baile, que en aquella fecha  sólo había dos locales, “La piscina”  ( que quitaban el agua) y “El Globo”.

   Los días se iban pasando  y en  esto, que llegan los dos meses  que me correspondía  ir al destacamento de Port-Bou, o sea Junio y Julio. Un Domingo por la mañana y haciendo uso del tren nos llegamos a dicho pueblo, con el fin de hacernos una idea  sobre los alquileres de las  viviendas. La suerte nos acompañó  ya que encontramos un compañero que tenía que reintegrase a la Compañía de Gerona, el cuál  había ocupado durante los dos meses anteriores, una vivienda a modo de chalet y nos aseguró que por el mismo precio que pagaba él, podíamos contar con  ella.

   Regresamos tranquilos a Gerona por haber resuelto el problema de la vivienda  en Port-Bou.  El día primero de Junio del año de 1.954  marché con  seis policías más y un cabo a dicho destacamento a relevar a otros que habían pasado los dos meses anteriores.        

   El policía que años atrás, me compró los dos meses que me correspondían, poniéndome en la mano 40 billetes de 100 pesetas, esta vez también estaba interesado ya que tiene  su residencia en dicho pueblo de Port-Bou.  Le dije que quería llevar a mi mujer  para que viera entre otras cosas, como vivía  la gente en esos pueblos de la frontera, sobre todo en aquella época.

   Lo más importante para mí una vez llegado a  dicho pueblo, era entrevistarme  con el compañero que me prometió la vivienda, no tuve que buscarle mucho, se hallaba esperándome en la estación, se avisó al dueño que vivía dos calles más abajo, llegó,  me enseñó todos los accesorios que se hallaban en la vivienda, quedamos de acuerdo en que solo tenía que llevar las sábanas, el precio 1.000  pesetas  al mes y por adelantado, en aquel momento le  entregué lo convenido y él me dio las llaves y una tarjeta  con su dirección por si algo no iba bien en la vivienda se lo comunicara.

  Aquel mismo día relevamos a los compañeros  que habían estado los dos meses anteriores, dos para pasaportes en la estación y uno en la Aduanilla, esta  se hallaba a media ladera a mitad de distancia entre Port-Bou y la Aduana francesa.

  En aquel mismo día me correspondió hacer servicio en la estación, control de pasaportes y alguna cosa más.

    En aquella época los trenes franceses sólo llegaban hasta Port-Bou y los españoles hasta Cervere, que era el primer pueblo francés. En el último tren de la tarde que era un Pullmam, fui yo vigilando por si algún viajero se había quedado dormido u otra contingencia cualquiera. Una vez recorrido el tren, me llegué al pueblo francés y en unión de otros compañeros que aquel día estaban libres de servicio, compramos dos kilos de café cada uno, lo mismo que los empleados del tren que no estaban en la máquina. Ésta era la cantidad que con autorización solapada de la Aduana, se podía traer a España una vez cada día. ....

Autor: Pausilipo Oteo Gómez

Escrito en Gerona, Febrero del 2.004... a los 50 años de casado.