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EL DÍA DE MI BODA

   A la mañana siguiente, el canto de un gallo me hizo dejar el sueño y al abrir los ojos, veo que se filtra hasta los pues de la cama un rayo muy débil de luz, que después de fijarme un poco, compruebo que tenía que entrar por alguna pequeña rendija que tenía la ventana; como estaba en la vertical de la cama, me levanto por ver de donde procedía la mencionada luz; entreabro la ventana y veo que la aurora está dando las primeras bocanadas; ya puedo distinguir algunas cosas, y entre ellas al otero donde está enclavada la ermita del Santo Cristo de Miranda; mi imaginación llegó hasta donde está la imagen y no puedo por menos que musitar una oración. Pienso en mis padres, ya que no nos pueden acompañar en tan señalado acontecimiento; y con esta y otras cavilaciones, se apodera de mí un duerme-vela, hasta que oigo los leños que se queman en la cocina, con el fin de que se caliente toda la casa.

    Mientras tanto, mi cuñada Manuela me planchó toda la ropa que debía ponerme para la citada ceremonia, dejando todo colocado cada cosa en su lugar y al alcance de mi mano. Un vez vestido como el caso requería y bien afeitado con la nueva máquina, recién inventada, que yo había comprado en Francia, me asomo a la calle, donde como corresponde al mes de Febrero y en aquellas altitudes de mi pueblo, (más de mil metros sobre el nivel del mar), veo que hacía mucho frío, por poco que pude asomarme por el ventanillo de la puerta de la calle, en el suelo se veía la escarcha en los lugares donde el sol no había hecho su presencia y las ramas de los árboles se mecían al compás del viento racheado procedente del Urbión.

    Consulto mi reloj, son las diez de la mañana, la ceremonia a las doce; me despido de mis hermanos por el momento, me pongo una gabardina que había llevado de Gerona, pensando en el tiempo que estábamos, y sin más me marché a la casa de mi padre, donde estaban mi hermano Pablo, mis hermanas y el primo Felipe Oteo, fraile franciscano venido desde Soria capital y algunos de los pocos que habíamos invitado. Tenía que pasar por la puerta de la casa de mi novia para ir a la casa de mis padres, no quise entrar, porque la gente decía que "traía mala suerte ver a la novia antes de ir a la iglesia en el día de la boda", así que atravesé la carretera y cuando llegué, se estaba vistiendo mi hermano Pablo, mis hermanas iban de un lado para otro, con vistas a estar preparadas para la ceremonia. Saludé y me dio mucha alegría ver a mi primo Felipe, lo mismo que algunos de los pocos que habíamos invitado.

    En la mesa grande de la cocina había sobadillos, torta de chicharros y roscos, una botella de aguardiente y también una jarra llena de café con leche. Yo no podía ni probar nada de todo aquello, ya que como tenía que comulgar en la ceremonia, estaba totalmente prohibido incluso lavarse los dientes por si alguna gota de agua se deslizaba hasta el estómago a partir de las 12 de la noche del día anterior. (Maneras erróneas de interpretar el ayuno antes de participar en la comunión de la Misa, que el Concilio Vaticano II eliminó, modificando muchos requisitos necesarios para los actos litúrgicos).

    Cuando llega la hora anunciada por el Sr. Cura, las campanas al vuelo ( siempre hay algún mozo que se presta a voltearlas), seguidamente terminan con el toque pausado del badajo que da 12 campanadas, la gente se prepara esperando que den "la segunda", que son 10 toques para entrar en la iglesia y a los 5 toques, empieza la Misa.

    Mi hermano y yo, con la respetable comitiva, llegamos a colocarnos en el lugar que a cada uno le correspondía y mientras esperamos la llegada de las novias, aunque eran pocos los invitados, faltó poco para llenarse la iglesia, unos, digo yo, que irían de buena fe, mucha gente sobre todo mujeres, como no tendrían quehacer en casa, se llegaron a la iglesia y al mismo tiempo que oían la Misa, se enteraban de primera mano de cómo iban vestidas las novias, etc., etc.

    Al entrar las que iban a ser desposadas con sus respectivos padrinos, se notó pequeño cuchicheo, no queriendo perder la ocasión de ver y contemplar todo lo relacionado con la ceremonia. Una vez los interesados frente al altar mayor, empezó lo relacionado con la Misa, siendo el encargado de oficiarla nuestro primo Felipe, que para tal fin había venido de Soria. Los contrayentes para sentarnos, teníamos una banqueta con sus correspondientes cojines, los padrinos estaban colocados en los bancos laterales situados en el presbiterio. En aquel tiempo, el Sr. Cura celebraba la Misa dando la espalda a los feligreses y sólo daba la cara al público para decir "Dominus Vobiscum" y "ite Misa est"; (la Misa en aquellos tiempos se oficiaba en latín).

    La ceremonia se aguantó bien; el frío, (sin ninguna clase de calefacción y en febrero, ya se puede imaginar. El sermón muy largo y bien estudiado, sobre las obligaciones y deberes del matrimonio; y sobre todo, de estar juntos y unidos hasta el final.

  Terminado todo lo relacionado con la boda, la gente se arremolinó  junto a los  contrayentes, deseándoles felicidad en su nuevo estado.

  Al salir en la puerta de la Iglesia, no hubo arroz, porque no hacía  mucho que estaba intervenido y lo daban con la cartilla de racionamiento, lo que sí fueron abundantes los besos y abrazos deseándonos larga y feliz vida.

   Una vez terminado todo el repertorio, los contrayentes con una pequeña comitiva de los invitados  llegamos al juzgado y después de estampar unas cuantas firmas, el Sr. Juez nos dio el libro de familia.  Cumplida esta obligación, nos llegamos a nuestra casa, donde los que no fueron al Ayuntamiento, ya habían colocado mesas y viandas para todos con el fin de hacer un aperitivo.

   A continuación salimos a la calle, el tiempo era bueno  para hacer unas fotos con una máquina que había comprado yo en Francia años antes, y no se podía emplear más que en la calle y con buena luz.

   Se hicieron fotos a los matrimonios solos, luego con los padrinos, y después todos juntos frente a la pared  de la iglesia que mira a oriente, no salieron tan bien como  con las máquinas de ahora, pero quedó el recuerdo de aquel día tan importante para los dos matrimonios.

   Mientras tanto se estaba haciendo la paella, en una así como  caldera  que en tiempos de mis padres se empleaba  cuando nos juntábamos mucha gente: en fiestas, esquileo de las ovejas o en matanzas.  El que fue a San Leonardo para comprar el pescado que había de acompañar al arroz, había según él poca cosa, y llegó a casa con unas almejas y  unos calamares, que unido a los despojos de los pollos y lo que había en casa, chorizos, lomos y sobre todo costillas  y otras cosas, quedó la citada paella bien cumplida, lo mismo que el ajo-arriero;  sobró de todo, y los comensales contentos.

   En aquellos tiempos no venían al pueblo, ni fruteros, pescateros, en general estábamos  como aislados, primero, por que  había poco dinero, y la carretera parecía un camino de cabras.

   Después de comer quisimos mi mujer y yo ir un rato a la siesta, no nos dejaron  diciendo que no estaba bien dejar a los invitados solos; con paciencia  acatamos lo dicho por la mayoría.

   La noche que se pasó, no hacen falta comentarios, sólo sé que bien de mañana nos llamaron para ir a la iglesia  porque se decía una misa en sufragio  de todos los difuntos de los nuevos esposos.

 

LA TORNA-BODA

    Referente a la comida del segundo día,  hubo suficiente de lo que sobró del ajo-arriero y los cuatro pollos guisados, el vino y el pan, tampoco faltaron.

    Después de comer  mi mujer y yo, nos fuimos a la siesta, no llevábamos ni media hora  tan contentos en la cama, cuando se oyen gritos  en la calle, que abren la puerta, llegan  a nuestra habitación donde estábamos y llegan a quitar la colcha que cubría la cama, y como la temperatura no era para estar en paños menores, no hubo más remedio que vestirnos con la rapidez que quería la cosa.  Conclusión: como mi madre (q.e.p.d.) era del pueblo de Muñecas,  (pueblo pedáneo de Santa María de las Hoyas), éstos que metían tanto ruido,  eran primos míos  e hijos de los que habíamos invitado a la boda, y su deseo además de otras cosas eran darnos un abrazo al mismo tiempo nos felicitaban deseándonos larga vida en el nuevo estado.  Ya no nos quedó más remedio que ir con ellos donde estaba el “mogollón·”  quedaron contentos, nos despedimos, y pronto se marcharon a sus casas en el pueblo de Muñecas. Les recomendamos que un día iríamos a saludar a toda la familia y sin otra cosa más que anotar se pasó el segundo día.

Autor: Pausilipo Oteo Gómez

Escrito en Gerona, Febrero del 2.004... a los 50 años de casado.

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